Barcelona, España
n. 1960
Kasimir es un pintor profundamente introspectivo cuya obra actúa como una herramienta transformadora de diálogo.
Biografía
Formación
Esto me dice que entre la obra del artista y su observador se establece una tensión latente, implícita. El artista ha decidido que su creación es arte. Así de simple. Creo que este derecho inalienable lo legitima para hacerlo. Si nuestra obra no conmueve al espectador, si no lo perturba ni lo altera, si no se establece un diálogo entre ambos, podemos decir que en ese caso el artista o su obra han fracasado, e incluso tendremos que admitir que la obra no es arte para ese espectador concreto. Y no es arte porque nunca será más que un simple objeto material que lo ha dejado indiferente. Por eso las políticas culturales y educativas impulsadas por el sector público son especialmente importantes para desarrollar la sensibilidad artística de la ciudadanía. Creo, aunque no estoy del todo seguro, que el arte puede ayudar a formar mejores ciudadanos. Pero si el diálogo entre obra y observador es, en mi opinión, un factor indispensable que debe preceder a la consagración de una obra de arte, no es el único. Más allá de la emoción que transmite al observador, la obra también debería ser capaz de suscitar una reflexión, entendida como la plasmación de una idea o un sentimiento, destilada a través de la sensibilidad, el interés y el esfuerzo intelectual del espectador. Esto me lleva a una posible definición de la función del arte: si, como resultado del diálogo entre la obra y el observador, este vive una experiencia que no lo deja indiferente e incluso puede influir en sus comportamientos futuros o condicionarlos, el arte puede ser, indirectamente, una herramienta que transforma la realidad. A mi juicio, la memoria, la intimidad y el silencio interior son la base del acto creativo. La obra no es ajena a la conciencia del artista; es un reflejo de ella, con elementos circunstanciales y otros permanentes que un análisis del conjunto de su obra y de su vida puede ayudarnos a conocer mejor. La creación artística es, por tanto, un acto consciente y trascendente que va más allá de la pura representación estética. Es un acto de afirmación individual y de responsabilidad social que no se completa hasta que capta la atención, la tensión y la respuesta del observador. No puede haber obra de arte sin observador. El proceso de socialización convierte la obra en arte. Probablemente por eso he dejado pasar más de treinta años antes de mostrar mis pinturas y dibujos al público, más allá de mi círculo de amigos y familia. No es casualidad ni capricho. Aunque pueda sonar presuntuoso, quería estar personalmente seguro de que valía la pena y de que tenía algo mínimamente consistente que compartir con quienes me rodean y con el público en general. Más allá de la inspiración efímera. Más allá de una necesidad pasajera. Más allá de los dictados del mercado. A los diez años conocía a fondo más de quinientas obras de los principales museos del mundo gracias a la formación que había recibido en casa. A los dieciséis me di cuenta de que lo que pintaba me trascendía y merecía ser considerado arte en la medida en que respondía a la necesidad de explorar un espacio vital de creación tan emocionante, apasionante y angustioso como, al mismo tiempo, desconocido para mí. Y desde entonces no he dejado de pintar, de forma más o menos continua, con intensidad variable y un éxito siempre discutible, con la intención, ahora ya definitiva, de compartir mi obra con los demás, observadores, espectadores, el público en general, que le darán sentido, si es que lo tiene, y que quizá acaben confirmándola como ARTE.