Barcelona, España

n. 1960

Kasimir es un pintor profundamente introspectivo cuya obra actúa como una herramienta transformadora de diálogo.

Biografía

Qué significa para mí la pintura.

La pintura me permite comunicar y compartir ideas y emociones con las personas, en particular con las que pueblan mi entorno, hoy dispersas por un territorio amplio gracias a las redes sociales: me comunico con ellas a través de formas, colores y signos que acaban formando un código que cualquiera que quiera enfrentarse seriamente a mi pintura tendrá que descifrar, o al menos intentarlo. Quien elige la pintura como medio de expresión no ha elegido la escritura ni la música, porque entonces hablaríamos de literatura y poesía, o de escalas musicales. En cualquier caso, el mío no es un alfabeto convencional, sino inventado por mí, con una flexibilidad y una capacidad de adaptación tan extremas que acaba cuestionando su propio sistema de codificación: por eso creo que el arte es un lenguaje radicalmente íntimo y subjetivo, arraigado en la libertad individual, y precisamente por eso acaba dinamitando el código que establece.


Es evidente que puedo guiar al espectador interesado con palabras, un título o un breve comentario, no tanto como interpretación de la obra, sino como un elemento que el espectador puede usar si quiere acercarse a ella. La libertad creativa del artista tiene como contrapunto la libertad de interpretación del observador. Cuando el espectador se siente atraído, perturbado o emocionado por la obra, deja de ser ajeno a ella y se convierte en su intérprete, o incluso en su protagonista, en la medida en que ayuda a darle sentido y, por tanto, vida. Así se mantiene viva la obra, gracias a quienes deciden conversar con ella, y es gracias a la suma de esos diálogos, a su continuidad en el tiempo, que la aportación del artista a la sociedad va echando raíces.


Las artes plásticas son esencialmente visuales y constituyen, por tanto, la expresión de una estética determinada: la obra de arte es un objeto que el artista sitúa ante nuestros ojos, sea una pintura, un dibujo, una fotografía o una escultura. Es evidente que la vista no es el único sentido que interviene en la contemplación de una obra de arte o que influye en ella, pero sí es el primero. También pueden entrar en juego el tacto y el olfato: el primero, evidentemente, en el caso de la escultura, y el segundo cuando la obra desprende distintos olores. Las instalaciones, que pueden incluir muchos elementos y suelen ser obras efímeras, pueden recrear un entorno, una atmósfera que genera sensaciones nuevas y distintas en cada observador. La vista define un campo visual material muy concreto, en cuyo centro está la obra. Y es a través de la disposición de formas y colores, de la descripción pictórica o la representación de hechos, ideas o situaciones en el arte figurativo, de la distorsión de la realidad o de la abstracción pura, como el artista busca influir en el estado de ánimo del espectador.

Formación

Esto me dice que entre la obra del artista y su observador se establece una tensión latente, implícita. El artista ha decidido que su creación es arte. Así de simple. Creo que este derecho inalienable lo legitima para hacerlo. Si nuestra obra no conmueve al espectador, si no lo perturba ni lo altera, si no se establece un diálogo entre ambos, podemos decir que en ese caso el artista o su obra han fracasado, e incluso tendremos que admitir que la obra no es arte para ese espectador concreto. Y no es arte porque nunca será más que un simple objeto material que lo ha dejado indiferente. Por eso las políticas culturales y educativas impulsadas por el sector público son especialmente importantes para desarrollar la sensibilidad artística de la ciudadanía. Creo, aunque no estoy del todo seguro, que el arte puede ayudar a formar mejores ciudadanos. Pero si el diálogo entre obra y observador es, en mi opinión, un factor indispensable que debe preceder a la consagración de una obra de arte, no es el único. Más allá de la emoción que transmite al observador, la obra también debería ser capaz de suscitar una reflexión, entendida como la plasmación de una idea o un sentimiento, destilada a través de la sensibilidad, el interés y el esfuerzo intelectual del espectador. Esto me lleva a una posible definición de la función del arte: si, como resultado del diálogo entre la obra y el observador, este vive una experiencia que no lo deja indiferente e incluso puede influir en sus comportamientos futuros o condicionarlos, el arte puede ser, indirectamente, una herramienta que transforma la realidad. A mi juicio, la memoria, la intimidad y el silencio interior son la base del acto creativo. La obra no es ajena a la conciencia del artista; es un reflejo de ella, con elementos circunstanciales y otros permanentes que un análisis del conjunto de su obra y de su vida puede ayudarnos a conocer mejor. La creación artística es, por tanto, un acto consciente y trascendente que va más allá de la pura representación estética. Es un acto de afirmación individual y de responsabilidad social que no se completa hasta que capta la atención, la tensión y la respuesta del observador. No puede haber obra de arte sin observador. El proceso de socialización convierte la obra en arte. Probablemente por eso he dejado pasar más de treinta años antes de mostrar mis pinturas y dibujos al público, más allá de mi círculo de amigos y familia. No es casualidad ni capricho. Aunque pueda sonar presuntuoso, quería estar personalmente seguro de que valía la pena y de que tenía algo mínimamente consistente que compartir con quienes me rodean y con el público en general. Más allá de la inspiración efímera. Más allá de una necesidad pasajera. Más allá de los dictados del mercado. A los diez años conocía a fondo más de quinientas obras de los principales museos del mundo gracias a la formación que había recibido en casa. A los dieciséis me di cuenta de que lo que pintaba me trascendía y merecía ser considerado arte en la medida en que respondía a la necesidad de explorar un espacio vital de creación tan emocionante, apasionante y angustioso como, al mismo tiempo, desconocido para mí. Y desde entonces no he dejado de pintar, de forma más o menos continua, con intensidad variable y un éxito siempre discutible, con la intención, ahora ya definitiva, de compartir mi obra con los demás, observadores, espectadores, el público en general, que le darán sentido, si es que lo tiene, y que quizá acaben confirmándola como ARTE.